lunes, 04 de marzo de 2024

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BURGO DE OSMA

Fecha de fundación 1589

Historia

BURGO DE OSMA

En el Burgo, nacido junto a la apostólica y prerromana ciudad del Osma, se instalaron los carmelitas descalzos en el año del Señor de 1589. Es el convento decano entre los de nuestra Provincia burgense. La fundación fue autorizada por el mismo San Juan de la Cruz, miembro de la Consulta del P. Doria, a petición del señor obispo de Osma y de los canónigos de su cabildo catedralicio. Pretendían fomentar la vida espiritual de los diocesanos, sobre todo con el sacramento de la Penitencia y la asistencia a los moribundos. En la solicitada comunidad debería de haber siempre un predicador y cuatro confesores. La diócesis facilitaría a la Orden 3.000 ducados, que son 33.000 reales o 1.122.000 maravedíes, cantidad insuficiente, pero que la Consulta aceptó. Se discutieron y pactaron las bases de convivencia entre la comunidad y el cabildo, muy puntilloso éste en materia de honra. El P. Prior del Carmen tendría asiento entre los canónigos y los padres conventuales entre los beneficiados que, como se sabe, son funcionarios de rango inferior y todavía no se conocía la lucha de clases.

 

En santa paz y buena armonía, los padres teresianos, o dorianos dicho con mayor exactitud, construyeron su convento e iglesia y cercaron una amplia huerta, de más de once fanegas, generosamente regada con aguas gratuitas del río Ucero durante cincuenta y cinco horas semanales. Roque de Cogollos, un bienhechor, cercó la huerta y cuando le hablaron de cobros respondió que lo hicieron con oraciones. Hasta 1808 la comunidad la componían un promedio de veinticinco religiosos, excepto en bastantes trienios en que este número aumentó debido a ser constituido en Colegio de Teología de Moral de la Provincia de San Joaquín.

 

En el Burgo de Osma brilló siempre con esplendor la vida carmelitana en su dimensión social de pobreza y de servicio. La sociedad se lo devolvió todo con ilimitada generosidad y con un profundo respeto hacia el Carmen y los carmelitas. Los padres eran requeridos para las confesiones y la predicación en fiestas patronales, cuaresmas, Semana Santa, rogativas y en otras ocasiones. A uno de sus predicadores le apodaban «Boca de oro». Entre sus priores hubo claras figuras, como tres padres generales de la Congregación española, uno de ellos el enigmático fr. Pablo de la Concepción, autor de cuatro volúmenes de Teología Escolástica. Prior del Burgo fue también fr. Andrés de la Madre de Dios, autor de los volúmenes II, III y IV del Curso Salmanticense de Moral. No es extraño que cuando se funde, en la segunda mitad del siglo XVIII, la Universidad de Santa Catalina en la Villa se requiera a los padres para la enseñanza como también se hacía en el Seminario Conciliar, del que eran confesores ordinarios.

 

De este alto nivel intelectual de los religiosos deducimos las consecuencias que se reflejan en la selecta biblioteca que el convento llegó a poseer y cuyas más valiosas obras recalaron en el monasterio de Montserrat por la miopía de un prior del siglo XX. Al contemplar los retablos de la iglesia y oír el órgano, valoramos cuán bien supieron elegir aquellos conventuales en obras de tan alta calidad artística. Junto a ellos hubo algunos frailes excéntricos como fr. Francisco de San José que pidió licencia para ser llamado fr. Jumento, y a fr. Julio de San Anastasio, un zelotes de la observancia y un obsesivo exaltador de la virtud de la humildad, mal compaginada con los cargos que le dieron, entre otros el ser nueve trienios prior.

 

Pero quizá la labor más simpática fue la carmelitación de la tierra soriana, alta y austera. La devoción a nuestra Virgen del Carmen y a la Orden de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, inserta no sólo en el calendario de los burgioxomenses, sino en sus costumbres y en su código genético. Entre otras razones mencionaremos la de la Cofradía del Carmen, fundada en 1614 y hoy pujante, con hermanos en una muy amplia zona de la apostólica diócesis. Celebraban varias fiestas anuales, siendo como hoy, las más solemnes las del mes de julio de cada año. De entre los cofrades nació un grupo de selectos y comprometidos devotos, conocidos como Hermanos mayores, que en los años de la larga noche de esta Casa (1835-1890) fueron sus auténticos ángeles de la guarda.

 

De la compenetración pueblo-carmelitas nos hablan las vocaciones sorianas y también, de acuerdo con la condición mendicante del Carmelo, las postulaciones que realizaban los religiosos solicitando limosnas, de acuerdo con los ritmos agrícolas. Así, la comunidad del Burgo tenía señalados unas veredas de pueblos que equipos de dos o tres religiosos seguían en su postulación de cereales, mosto, queso, lana, torreznos y dinero. Los padres eran siempre bien recibidos y generosamente atendidos dentro de la pobreza común. Gran parte de lo recaudado se devolvía a la sociedad a través de la olla de los pobres, que diariamente se ofrecía a quienes eran más pobres.

 

Tras dos siglos de paz advino la hecatombe. La guerra contra Francia afectó también a la Villa episcopal. En nuestro convento se refugió el ex-general, P. Antonio de los Reyes; pero de allí tuvo que escapar, muriendo cerca de Almazán. Dos hermanos pelearon en la guerrilla contra Napo-león, aunque uno de los padres conventuales debió de chaquetear al servicio de los ocupantes. La revolución liberal de 1820 fue aún más grave y la supresión de 1835 culminó un proceso que los estrategas de la Iglesia debieron de haber previsto desde medio siglo antes, pues una catástrofe de tal magnitud necesita un muy largo período de gestación.

 

El convento teresiano del Burgo quedó varado en la soledad y en el abandono, resonando únicamente los aullidos histéricos del P. Prior: ¡Ay, convento mío! ¡Ay de mis frailes! ¡Ay de mis hijos! ¿Y qué suerte será la vuestra y la mía?

La salvación vino a través de la Cofradía del Carmen y de la devoción de las gentes a nuestra Madre, que arroparon con solicitud la casa de ellos y de Ella. Fueron cincuenta y cinco años va-cíos, pues los nueve años que habitaron el inmueble los Agustinos Asuncionistas, huídos de Fran-cia, no los contabilizaron los devotos (1881- 1889). En 1890 el señor obispo de Osma, don Pedro María Lagüera, brindó el convento a nuestra Orden a través de la provincia de San Joaquín, propuesta que fue aceptada con gran júbilo.

 

Volvieron los carmelitas y la Virgen del Carmen volvió a sonreír. El restaurador fue el P. Constan-cio del Sagrado Corazón, que bien merece el descanso del Padre del que sin duda goza, pero a quien se debería dedicar una biografía refiriendo sus andanzas apostólicas y fundadoras en España y América y al que un equipo de especialistas debió de hacer un análisis de su prodigiosa biología, fuerte como el mejor roble de su tierra palentina del Alto Carrión.

 

En 1927, al consumarse la chapuza romana de la nueva Provincia Burgense de San Juan de la Cruz, ésta improvisó en el Burgo su noviciado que funcionó entre precariedades hasta 1953. El convento desciende entonces de la categoría de priorato a la de residencia. En 1955 vuelve a ser priorato con el añadido de profesorado, en el que emplearán un año sin sentido los recién profesos simples. En 1959 esta casa de profesos se convierte en colegio de Filosofía, para lo cual se opera una importante reestructuración, obras que algunos calificaron de brindis al sol. Diez años más tarde el colegio fue trasladado a Burgos, reconociendo así las sinrazones con las que se había actuado al llevar un colegio de Filosofía a un lugar apartado y carente de líneas paralelas de cultura adecuada, en un momento histórico para la Iglesia en el que se fraguaba una inflexión en los programas vocacionales. El mencionado colegio y su claustro de profesores fue la gala final del convento fundado en 1589.

 

Luego sucedió lo inevitable: la huerta fue enajenada y el convento arrasado. Junto a la iglesia devota se alzó una mansión adecuada para una reducida comunidad, encargada de mantener el fuego del carmelitanismo en una tierra cristiana y leal. Además de una solución de sobrevivencia, esta decisión fue un acierto según ratifican los hechos. El distinguido hombre público, hijo de la Villa, don Juan José Lucas Jiménez, desde sus altos cargos políticos, favoreció a esta iglesia de su devoción que ha quedado devota y delicada con su eje ejemplar barroco de Orden Mendicante.

 

FOTODirección postal

Paseo del Carmen, 13
42300-Burgo de Osma

Tfno.: (34) 975 34 01 19

 

eMail burgodeosma@ocdburgos.org

Conventuales

P. Ireneo Rafael de Miguel, superior

P. Luis María Santacruz

P. Rafael Pascual 


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