sábado, 17 de noviembre de 2018

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BURGOS - VIRGEN DEL CARMEN

Fecha de fundación 27 de junio de 1606

Historia

BURGOS (1606)

El carmelitanismo, en sus dos vertientes mariana y teresiana, es una de las columnas de las buenas venturas y las bienandanzas de la ciudad de Burgos, doce veces centenaria. La presencia de los carmelitas descalzos en Burgos fue un deseo de Santa Teresa y una petición clamorosa de sus primeras hijas. El propósito resultaría más difícil de ejecutar que de pensar. Al doblar el siglo XVI, Burgos no era la que había sido tan sólo medio siglo antes: la ciudad boyante y ejerciente de verdad como Cabeza de Castilla, la que marcaba los ritmos de la prosperidad y de la caridad, enflaquecía a ojos vistas. Los 25.000 habitantes que en 1550 asistían, ayudaban y se alegraban viendo a Juan de Vallejo reconstruir el cimborrio o crucero de la Catedral, con una elegancia y habilidad inigualables, eran en 1600 un reducido vecindario a los que acompañaban los ruidos agoreros de las casas vacías.

 

Las causas de esta grave decadencia eran varias. En primer lugar, razones puramente antropológicas, tales como varias pestes que hirieron de muerte a miles de burgaleses: la de 1565 empujó al sepulcro a dos tercios de la población, más de 14.000 habitantes. Venía luego una razón de alta economía, derivada de la nueva posición a la que se corrió la ciudad de Burgos en el tablero mundial del dinero. El afianzamiento de España en América, con los nuevos puertos hispánicos de la Nueva España, Cartagena y Buenos Aires, elevó el valor de la plataforma Atlántica con los puertos rejuvenecidos de Cádiz, Sevilla, Lisboa, Oporto, Vigo y La Coruña. El Consulado de Burgos, clave de nuestras grandezas, que había quedado malherido con la copia que se hizo para Bilbao, sintió en sus carnes cómo los grandes linajes de mercaderes, trasladaban a esos puntos sus agencias, con lo que el mercado financiero de Burgos, en el 1500 uno de los primeros de Europa, vivía ahora de unas apuradas migajas. Finalmente, el tradicional mercado burgalés instalado en el Norte y Centro Europeo, de Londres a Milán, de Hamburgo a Tolosa y por todos los Países Bajos, Bélgica y Alemania, había quebrado su destino con las llamadas guerras de Religión y las independentistas de Flandes.

 

En Burgos se padecía la cruel ausencia de los hombres creadores y productivos; quedaban los inútiles, los amedrentados y los contemplativos. La clerecía era tan alargada como en la época del esplendor; en la Catedral rutilante se oficiaban solemnísimos pontificales; los conventos de agustinos, cartujos, dominicos, benedictinos, jesuitas, franciscanos, trinitarios, mercedarios y victorinos (de San Francisco de Paula), en amplias huertas y góticos claustros, cumplían su obligación de rezadores y su derecho de mendicantes. Las monjas se agrupaban en once monasterios: calatravas, benedictinas, luisas, doroteas, clarisas, trinitarias, agustinas (dos), cistercienses (dos) y carmelitas descalzas, con sus capellanes, mandaderos, hortelanos, etc.

 

Y en esta hora baja y pesimista, llaman los carmelitas de la bienaventurada madre Teresa, pidiendo un rincón junto a la lumbre y el pan y la sal de cada día. El concejo tenía que decir que no y dijo no, a pesar de las profundas piedades que aplicaba a las cosas de Fe. Parecía tentar a Dios el aceptar otra comunidad de mendicantes. No opinaban de la misma manera las hijas e hijos del Carmelo, desde la madre Teresa, que en el cielo estaba, a la madre Catalina de Jesús, que el día de Reyes de 1596 había hecho testamento dejando para el convento que hicieran sus frailes la hacienda que poseía en Villargámar, en los aledaños de Burgos. Siguió insistiendo toda la familia de aquella gran mujer que era Catalina de Tolosa y singularmente su hijo Sebastián, provincial a la sazón de Castilla Vieja. Con la fuerza de todos, el Concejo burgalés cedió y autorizó la fundación carmelitana.

En los descampados de la parroquia de los Santos Cosme y Damián, más allá del convento de las Clarisas, tenían los poderosos señores Salamanca una casa de labor junto a una ermitilla de la advocación de Santa Catalina, y allí se reunieron seis religiosos carmelitas descalzos que, con la limitada solemnidad litúrgica que estos frailes practicaban, estrenaron presencia en Burgos leyendo las diferentes autorizaciones que el Derecho exige a las nuevas fundaciones. Sucedió tan deseado hecho el 27 de junio de 1606. A los cinco meses, los fundadores recogieron sus cosillas y se instalaron junto a la parroquial de los Santos Cosme y Damián, en la casa que llamaban de los Sarmiento, cuyo escudo de gules cargado con trece bezantes de oro, campeaba en la fachada. En esta casa, de más holgado espacio, se desarrolló una comunidad de quince conventuales, cuya finalidad era tan clara como urgente: hallar un solar definitivo y alzar en él convento e iglesia, al gusto teresiano.

 

El solar se halló pronto: al otro lado del arroyo que viene de Cardeña al Arlanzón, paralelo al Colegio cardenalicio de San Nicolás, sin orillar el camino real de Burgos a Valladolid. Eran más de ocho fanegas de buena tierra, que podían ser regadas con las aguas de dicho arroyo y bien cercadas con las piedras de los páramos cercanos. El agua la concedió la Majestad de Felipe IV en 1620 y la cerca, de la que todavía queda un lienzo, se ultimó en 1626.

 

No se necesitaron afamados tracistas para la fábrica del convento y de la iglesia. La comunidad montó su subsistencia en las donaciones del pueblo devoto y arruinado y de la oligarquía mercantil, todavía presente en líneas segundonas de Salamanca, Sarmiento, Pesquera y Arriaga, Quin-tanadueñas y Melgosa, que asignaban rentas perpetuas a sus enterramientos en la sencilla iglesia conventual, bajo los ojos de la Virgen del Carmelo. La comunidad nació bajo el signo más agudo de la observancia doriana, tras el secuestro del pensamiento teresiano, observancia en la que se prefería la norma a la persona, la anécdota a la categoría. Esta comunidad, con su P. Prior, elegido en ese rango desde 1607, comenzó a vivir en su nuevo convento el 20 de noviembre de 1611.

 

Corren ahora dos siglos, hasta noviembre de 1808, en los cuales el convento se agranda, la iglesia también se amplía y se le dota (s. XVIII) de una hermosa y clasicista portada y espadaña que no consiguieron derribar ni la furia francesa ni la desidia de la exclaustración de 1835. En 1706, el convento de Burgos es traspasado a la provincia de San Joaquín (Navarra), decisión merecedora de algún análisis. Durante la mayor parte de los trienios, sirve, y para ello se adapta la observancia, para casa de profesos, para colegio de Artes, de Teología Escolástica, Escritura Sagrada y Moral. Hubo, pues, comunidades numerosas, con conventuales insignes por el dominio de sus disciplinas y por los textos que nos legaron de sus lecciones. Se formó una biblioteca excelente entre las nuestras, a pesar de los expolios padecidos durante la invasión francesa.

 

La proyección exterior, la acción carmelitana hacia el pueblo no fue, en cantidad, la que seguramente esperaba el mismo pueblo. Aparte de nuestras Madres, poco más podemos señalar como campo de actividad apostólica. Se aceptó una Cofradía del Carmen, exenta de la comunidad, y trajo sus disgustos tal sistema. Se prestó atención al confesionario y algunos señores arzobispos eligieron confesor entre los carmelitas. Las beatificaciones y canonizaciones de nuestros Santos Padres Teresa y Juan de la Cruz fueron celebradas por la comunidad y la ciudad con entusiasmo y fervor. Durante años, funcionó una fabriquita de estameñas para nuestros hábitos.

 

Entre 1808 y 1877 ocurre un período tenebroso que por su duración y relatividad podría compararse con el destierro de los hebreos en Babilonia o la estancia de los papas en Avignon. Corren 70 años en los que el Carmen de Burgos se salvó por pura Providencia y porque ésta delegó su acción en dos ángeles buenos, cuales fueran los PP. Goiri y Zárrabe, dos vascongados de cepa pura que, como otros muchos, se sintieron imantados por Burgos y a Burgos dedicaron sus esfuerzos, alegrías y cenizas.

 

La catástrofe del 10 de noviembre de 1808 pudo ser total. Mientras al alba se aprestaban soldados y paisanos a detener en Gamonal a cuatro divisiones entrenadas, fogueadas y experimentadas de Napoleón, nuestros conventuales y estudiantes se proponían cumplir los funerales cantados, señalados en las Memorias fundacionales, para ese día. Era el primer renglón de su economía. A media mañana, la caballería francesa pasó entre el convento y el Arlanzón. Cada fraile escapó por donde pudo. El P. Prior se escondió en las bóvedas de la iglesia. El convento fue saqueado, arrasado y robado. Cinco padres mayores y algún impedido fueron vilmente asesinados.

 

Cuando pudieron volver el P. Prior y algunos religiosos en 1813 se encontraron con la abominación de la desolación. Consiguieron algunas recuperaciones de documentos, libros, papeles e imágenes (de nuestra Virgen y del grupo de la Piedad). Tras veinte años de retejos, reparaciones y recuerdos, cayó sobre el convento carmelita y de todas las demás Órdenes el mazazo de la exclaustración y de la desafortunada desamortización (1835), probablemente la mayor desgracia cultural que haya padecido España.

Cientos de religiosos carmelitas, incluidos los conventuales de Burgos, fueron constreñidos a sobrevivir en parroquias, capellanías, misiones, familias, pueblos y ciudades, mientras aguardaban los prometidos subsidios gubernamentales y sus conventos eran subastados. El de Burgos fue troceado y la huerta vendida. El ferrocarril de Madrid a Francia se llevó un bocado. El arzobispo reclamó la iglesia y parte del convento y ambos le fueron concedidos para complementos diocesanos e, incluso, para residencia obligada y vigilada para sacerdotes díscolos.

No conocemos en nuestra Orden ningún estudio dedicado a la vida de los exclaustrados, desde el momento que comenzaron a serlo. Parece que hubo ejemplos para todo y que, en general, se habituaron pronto a su nueva vida. Un pequeño grupo seguía añorando su carmelitana mansión y se juntó a los padres Zárrabe y Goiri que, vestidos a usanza secular, daban clases en el Seminario, atendían a las carmelitas, mantenían vivo el culto en nuestra iglesia y cuidaban, como si fuera suyo, el convento, que pertenecía a la Mitra burgalesa.

 

En 1868, un mes antes del estallido de la Gloriosa y del destronamiento de Isabel II, se restaura en Marquina (Vizcaya) la vida de la Descalcez teresiana. El 12 de febrero de 1875, el papa Pío IX unifica las dos Congregaciones (Italia y España) y el 24 de agosto (fecha inolvidable en el Carmelo teresiano) de 1877 se reanuda la vida conventual en Burgos bajo la autoridad del P. José María de la Soledad Zárrabe. Hizo éste inigualables favores al Carmelo de Burgos, pero uno de gran relieve fue la recompra de la huerta conventual, cercada y regable. Tres mil duros como tres mil soles pagó el buen padre por las siete fanegas, de la medida castellana de Avila, de doce celemines cada una, que suponía la superficie de la dichosa huerta.

 

En 1879, el convento burgalés es destinado a lo que ya había sido y sigue siendo: a colegio mayor de Filosofía y Teología. Una legión brillante de religiosos valiosísimos han pasado por él en estos 125 años, a muchos de los cuales admiramos entronizados en la Historia de la Iglesia y de la Orden. Simplemente, mencionemos algunos nombres: PP. Bernardo Arguinzóniz (arzobispo), Valentín Zubizarreta (arzobispo y escritor), Angel María Pérez Cecilia (arzobispo y autor), Ezequiel del Sagrado Corazón (general de la Orden), Silverio de Santa Teresa (general de la Orden), Marcelo del Niño Jesús (filósofo y escritor) y los actuales Felipe Sáinz de Baranda (general de la Orden), Braulio Saéz (obispo), Luis Alberto Luna (arzobispo), Antonio Cheuiche (obispo) y Gonzalo López Marañón (obispo). Entre las personalidades de la primera hora es obligada la recordación del Venerable P. Juan Vicente de Jesús y María, prior que fue de este Carmen y cuya acción persiste hoy en Burgos, después de cien años.

 

Para el mejor cumplimiento de sus destinos de convento carmelitano, de colegio, de centro editorial, de centro de irradiación cultural y sacramental ha habido que someter al inmueble a profundas cirugías. Ya en el siglo XIX se levantó un segundo piso para celdas de colegiales. En el siglo XX, en el provincialato del P. Ludovico de la Virgen del Carmen (1960-1963) se remodeló y amplió todo el sector que desde la iglesia corría hasta las religiosas Adoratrices. Una parte de la obra se dedicó a residencia independiente de los hermanos que debían de aplicarse a los oficios y servicios del colegio máximo. Estudiantes y profesores fueron enviados a Zaragoza hasta el fin de las obras y la Tipografía-Editorial cambió de lugar. En agosto de 1963, el Rvmo. P. General, Anastasio del Santo Rosario, bendijo e inauguró las obras.

 

La gran mutación se operó en 1966 y se comenzó enajenando dos tercios de la huerta para recabar fondos para cumplir el proyecto. Se arrasó la vieja y devota iglesia, de estilo barroco de los frailes mendicantes, del que en Burgos hay pocas muestras. Se arrasó a la brava, sin licencia municipal ni gubernativa, sin pensar qué se podía haber hecho con la fachada y espadaña, con algunos elementos, como altares, que fueron a pasar a algunos particulares que todavía los guardan como trofeos gloriosos. El municipio sancionó a la comunidad con una multa simbólica (cincuenta pesetas) por haber empezado el derribo sin permiso legal. La desaparición del templo causó en Burgos una mayoritaria y penosa impresión entre los muchos devotos que el Carmen reúne. Sobre el solar de la iglesia y claustro procesional, alineado con la calle del Carmen y el paseo del Empecinado se levantó un amplio y original templo, capacitado para las grandes solemnidades, de hormigón y pizarra. No sabemos qué diálogo habrán mantenido la gran Catedral de caladas piedras y de armonías estéticas con el frío y escalonado cemento de nuestro templo; pero es probable que el Arlanzón haya alzado sus murmullos más de una vez para que algunos reproches de la Graciosa no traspasaran el cauce y cosquillearan la obra, bendecida el 7 de julio de 1968 por el arzobispo don Segundo de la Sierra y Méndez. Hay maneras de contar la Historia. Se reservó espacio para aulas y salas de recreación; se habilitó el espacio necesario para la Biblioteca y se aprovechó el salón-teatro, bajo la gran capilla del Colegio.

 

Todo este alarde tan bien intencionado comenzó a perder su sentido al aparecer la crisis vocacional, engendrada por varios factores socio-eclesiales, que algunos espíritus agudos ya habían anunciado. En ella estamos y el realismo nos dice que algunas cosas no volverán. Nuestra obligación es resistir y guardar el patrimonio espiritual y material. En estos cuarenta años últimos han sucedido en el Carmen de Burgos muchos eventos laudables, ejecutados por religiosos carmelitas descalzos entregados a la Obra y Gloria de Dios. Estos méritos no se perderán y habrá que contarlos con nombres y apellidos en la magna obra que se prepara para el IV Centenario (1606-2006) de este Carmen benemérito.

 

Página aparte en esta nota sobre la fundación de Burgos merecen dos instalaciones dignas de ver en nuestro convento de Burgos: la Biblioteca provincial y el Archivo silveriano. Llaman la atención a los extraños por su limpieza y organización, así como por la riqueza de sus contenidos. Estos van desde el primer lote de libros adquiridos en 1608 hasta el depósito actual de unos 85.000 ejemplares para los que se preparó el actual local en los trienios 1987-1992. Con una buena noticia: ¡se nos quedan ya pequeños los locales!

 

Esta breve referencia quiere ser a un mismo tiempo una palabra de gratitud al trabajo hecho entre todos durante estos 75 años, y una llamada de atención para el futuro. No se podrá prescindir del personal dedicado al quehacer de bibliotecario y archivero. También habrá que evitar la dispersión particular de libros o documentos en posesión de religiosos investigadores de la Provincia Burgense. No hace falta insinuar siquiera estos posibles legados para el siglo XXI.

Actualmente, tanto la Biblioteca como el Archivo están servidos bastante bien y en proceso de informatización, toda vez que disponemos ya de los datos-base y sólo falta someterlos a los debidos programas que se plasmen luego en nuevos ficheros o en ofertas web de internet.

 

La Biblioteca Provincial consta de un despacho para los bibliotecarios, sala de lectura con libros de consulta, ficheros y catálogos, sección de revistas, de espiritualidad y carmelitana (la más rica) en la primera sala. En la segunda se dispone el resto de secciones temáticas: revistas antiguas, literatura y arte, historia, filosofía, derecho, moral-pastoral, dogmática y Escritura.

 

En el Archivo Silveriano hay seis secciones: 1/ la colección documental contenida en 336 plúteos (informatizada); 2/ los 550 manuscritos y legajos, fotocopias y ediciones facsimilares; 3/ los incunables y libros raros carmelitanos del s. XVI (en buena parte informatizados); 4/ la rica colección de libros del 1500 (1.220 vols. informatizados y con doble fichero); 5/ la colección de medios audiovisuales carmelitanos y 6/ la colección de objetos históricos, álbumes y pósters carmelitanos.

 

Sobre el origen proporcional de los contenidos del Silveriano y el enriquecimiento paulatino de la Biblioteca provincial, se podrá ampliar información en el libro ya aludido sobre la historia del Carmen de Burgos que se editará en breve.

 

La riqueza de nuestro legado es bien estimada por investigadores e historiadores, sobre todo de temas carmelitanos. Hemos participado en varias exposiciones internacionales con algunos ejemplares muy valiosos: Las Edades del Hombre (Burgos 1990), Exposición Universal de Sevilla (1992), Exposición del Virrey Palafox (Madrid 2000), Las Edades del Hombre (Nueva York 2002), etc.

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Conventuales

  1. P. Pedro G. Tomás Navajas, superior,
  2. P. Miguel Ángel Díez
  3. P. Fernando Domingo
  4. P. Virgilio Arroyo
  5. P. Mauricio Martín
  6. P. Alfonso Ruiz
  7. H. Primitivo García
  8. P. Pedro Saiz
  9. P. Pedro Rodríguez
  10. H. Raimundo Cuesta
  11. P. Pedro Ángel Deza

P. Clemente K

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