jueves, 18 de septiembre de 2014
Trinidad


A una madre hay que querer más que a nada en este mundo


A ti, Felipa, que eres madre de Pepe y de otros hijos,

madre también de todos nosotros, carmelitas.

En el corazón de la novena a la Madre del Carmelo

te ponemos junto a Ella en la esperanza.

En ti, mujer del escapulario siempre revestida, 

se realiza el misterio que estos días predicamos.

¡Madre misionera! Tú lo has dado todo, 

también el débil respirar que tenías para vivir.

Pequeña es la gota de rocío

y alivia del bochorno de los caminantes;

pequeño es el grano de trigo

y con él se hace la hogaza que alimenta;

pequeña es la flor

y llena de belleza y de perfume los altares;

pequeñita y frágil es ahora tu vida ya caída

y sin embargo en ti se posan los ojos de la Madre del Carmelo,

esos ojos que tantas veces le has cantado

que los volviera para mirar los tuyos ya cansados.

A ti, Felipa, visitada por Dios en el misterio de la muerte,

abrazada en la debilidad más extrema,

levantada desde lo hondo para colocarte junto a los príncipes,

abierta al gozo sin fin de un Dios que solo sabe amar,

te recordamos sencillamente que un amor,

un amor te espera.

Es tarde ya, es noche,

pero, para ti, ya se asoma a lo lejos la Aurora.

Está reseco el campo,

pero ya se oye el rumor de la lluvia,

anunciado por una nubecilla pequeña como la palma de una mano.

Gracias, Felipa, por tu vida entregada, misionera.

Nos viene a la memoria la letra preciosa de la jota:

"A una madre hay que querer

más que a nadie en este mundo;

porque ella nos dio la vida,

a qué quieres más orgullo".

Mientras vas de la mano de la Virgen del Carmen

te decimos: A Dios...

Un beso para ti de tu familia, también de la familia del Carmelo. 



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